Rituales



Desde el punto de vista de la magia siniestra, todos los rituales basan su poder en la inspiración que despiertan en el practicante. Por ello es necesario elegir personalmente la estética, los estímulos y el guión que se va a llevar a cabo. Cada uno tiene sus gustos, y cuanto más los afine, más se estará conociendo interiormente.  Determinados símbolos, tanto sensoriales como dramáticos, llevarán mejor al practicante a la fascinación y a la autoposesión demoníaca.

Los místicos del camino de la mano derecha son proclives a seguir los rituales diseñados por otros. Es sólo una muestra más de su eterna obediencia humilde: a "la divinidad", a "la naturaleza", a sus "maestros"... En vez de haber inspiración, hay tensa vigilancia para no cometer ningún "error". En vez de transformación abierta al caos hay autoobservación y una permanente mirada de reojo al ridículo.


Creo que Anton LaVey entendía esto muy bien al proponer en sus Rituales Satánicos todo un abanico de opciones dramáticas: el ambiente de una misa negra decimonónica, las atmósferas de Lovecraft, de Bram Stoker... Hay realmente donde elegir en estos rituales y, como presentan paradigmas en gran medida contradictorios, no es raro que los partidarios de unos se indignen al encontrar los otros.

Suponer que un mismo y exacto ritual puede "heredarse" de persona a persona implica arrogar a ese ritual un poder en sí mismo, no derivado del estado de gnosis o exaltación del practicante. Que un ritual tenga poder en sí mismo supone a su vez la creencia en grandes poderes por encima del practicante, poderes a los que desea acercarse y obedecer. En su omnipotencia, estos invisibles poderes ("dioses", no importa de qué signo) preferirían determinadas formas de presentación de los pobres mortales, habrían impuesto un caprichoso lenguaje que precisamente el ritual en su conjunto encarnaría. Como el turista rico exige ser hablado en su lengua por los camareros pobres. Los inventores de estos rituales, los grandes "maestros" de ayer y de hoy, serían para sus tensos memorizadores e imitadores neuróticos, unos envidiables suertudos que recibieron la "revelación" de los superfantasmas y aprendieron lo que les gustaba escuchar. La historia personal de los imitadores de rituales suele ser tan frustrante como la de los aprendices de brujo que leen a la luz de una vela el conjuro de un libro recién comprado: Después no pasa nada. Los dioses de toda calaña, sean blancos o negros, tienen siempre la maleducada costumbre de no contestar.

Está entre las capacidades del auténtico practicante de la magia negra no reproducir rituales, sino crearlos. Conocerse lo suficiente como para saber cómo transformarse mejor. Ojear los grimorios no en busca de información, sino de inspiración. Si le apetece, reproducir en todo o en parte un ritual de otros, no olvidando nunca que es la fascinación personal por el mundo de sus autores la utilidad que puede incorporar haciéndolo. En definitiva, reconocer cada uno qué le pone. A mí por ejemplo no me pone la Cábala, ni la Golden Dawn, ni el Crowley litúrgico. Me pone la brujería campestre sólo si es al estilo de la Bruja de Blair, porque la versión bailonga neopagana me resulta muy aburrida. Me pone el Barón Samedi, especialmente en su encarnación (o desencarnación) de Barón Kriminel.

Cada ritual debería ser tan distinto como distintos son los practicantes, e incluso como distintos son los estados vitales y emocionales de un mismo practicante. Si los dioses son tan egocéntricos como para negarse a recibir a los que no se pliegan a sus caprichos, comunicativos o cuales sean, una mínima dignidad debería impulsarnos a darles la espalda. El devoto remedador de los gestos, las palabras e incluso de las cabriolas diseñadas por un "maestro" es siempre un seguidor del camino de la mano derecha, aunque le guste hacer el karanamudrā delante de los amigos y tenga a Bafomet sujeto con chinchetas en la pared.

Creo que los rituales auténticos —en los que el practicante es honesto consigo mismo— sólo deberían tener en común dos clases de elementos, que se derivan del mismo proceso de llevar a cabo un ritual. De los aspectos mentales y fisiológicos que esto implica, por decirlo así.

En el plano mental el acto del ritual, como cualquier dramatización, necesita de un espacio y un tiempo propios. Espacio y tiempo tienen aquí una dimensión psicológica: una experiencia dedicada a lo extraordinario dentro del gris devenir del mundo cotidiano. El practicante debe acotar un espacio simbólico. Los signos en los puntos cardinales, los círculos, las cúpulas y esferas, trazados al comienzo del ritual sirven eficazmente para conseguir crear la topografía mental propicia. Del mismo modo, debe acotar un tiempo simbólico. Los sonidos al comienzo y final del ritual, las campanillas, los golpes, los gongs, sirven como fronteras claras ante el tiempo ordinario, que precede y sigue al ritual. 

En el plano fisiológico hay muchos elementos personales, heredados y adquiridos, como para poder generalizar aquí. El mago negro debe descubrirlos y contar con ellos. Sólo pondré como un ejemplo general la posición respecto al magnetismo terrestre, la orientación en relación a los puntos cardinales. Todo ritual debería tener presente este factor, del mismo modo que se hace con los lugares donde se duerme.

Salvo estos elementos básicos, un ritual siniestro tendría que ser siempre una obra abierta, el terreno de la creatividad más libre, un testimonio de lo radicalmente personal del camino emprendido. Porque, una vez que el ritual ha comenzado, sólo queda, como decía Benjamin Rowe, "imaginación, emoción y sentimiento".



© Miguel AlgOl

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