Tú, Anticristo


Esclavo es aquel que espera a que alguien venga y lo libere.
Ezra Pound




Como su nombre indica, el Anticristo es un concepto cristiano. Las copias en negativo siguen siendo copias. Hay una vasta literatura teológica en la rama romana del judaísmo acerca de esta figura, que conecta con una tradición bíblica todavía más amplia sobre los "falsos mesías". Pero como la teología es una perorata sobre fantasmas mortalmente aburrida, ahorraré aquí al lector los pormenores concretos de la fabricación del Anticristo. Los teólogos, según sus lealtades, han señalado como el Anticristo a numerosas figuras de la historia y de la imaginación: la Bestia 666 del Apocalipsis, la Prostituta de Babilonia que la cabalga (la Babalon de Crowley), Armilo o Rómulo, el brujo Elymas de Chipre, el hereje Arrio, el rey seleúcida Antíoco, los césares Nerón y Calígula, el arzobispo Guiberto de Rávena, los papas Juan XV y Gregorio IX, el zar Pedro el Grande... La lista es larga porque ya se sabe que a los clérigos les gusta acusar. En nuestra modernidad el Anticristo se ha deslizado de los misales y los púlpitos a las novelas y las salas de cine: A la relación anterior habría que añadir los nombres de Adrian, el hijo de Rosemary, o de Damien Thorn.

El Anticristo no tiene sentido fuera del ambiente sofocante de la religión. Satán no es un invento judeocristiano, pero el Anticristo sí. Cuando determinados satanistas contemporáneos reivindican este engendro de los teólogos, convirtiéndolo en su propio y flamante superstar, no hacen más que aquello que en otras ocasiones hemos llamado cristianismo boca abajo: Crear una pobre imagen inversa de los dogmas cristianos, como entrevistos desde el interior de una cámara oscura, donde lo "siniestro" consiste sólo en revertir el aspecto más formal y exterior de los discursos, dejando intactas las estructuras perfeccionadas durante siglos para la opresión. Si uno concibe la necesidad de un Anticristo para su vida, acabará echando de menos unos antievangelios, un Antivaticano, un antipapa, unos antijesuitas y unas antihermanitas de la caridad. Por no hablar de una Antiinquisición, que no sería algo que se opondría al legado de la inquisición católica, sino que competiría con ella en quemar libros y lugares de reunión ("La iglesia que más ilumina...", dicen estos patéticos cristianos dark, mientras hacen el pino).

El Anticristo es imposible desde el Satanismo porque esto de los cristos, del derecho o del revés, va siempre de "pastores". Todos los anticristos de la literatura y el cine tienen un dócil rebaño que guiar. Y los "satanistas" que aparecen en estas ficciones son invariablemente iguales: una banda de colgados plañideros y suplicantes que al final también acaban destruidos por el malvado Anticristo, quién les mandaba apuntarse a esas reuniones... Pero el Satanismo es incompatible con cualquier proyecto de vida que pretenda encontrar el rebaño "correcto" y esmerarse en seguir fielmente sus directrices. Los satanistas no esperan que alguien venga y los libere, ni siquiera un supuesto enviado del Demonio. No tienen pastores que seguir, sólo que evitar. La senda de Satán es necesariamente solitaria, porque es un camino propio que no existe antes de que lo recorramos y que se borra inmediatamente detrás de nuestros pasos. En definitiva, una vida en eterno presente —el tiempo del hacer— que encaja mal en los pasados cerrados de los otros. Si Anticristo es para ti el rival de Cristo, el antídoto contra el Mesías, tú eres tu personal Anticristo, el guía universal de la vida única que vives. Si te gusta, celebra tu cumpleaños como la fecha del nacimiento del Anticristo. Porque ya escribió LaVey que el auténtico satanista es aquel que le dice a su corazón: "Yo soy mi propio redentor".



© Miguel AlgOl



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2 comentarios:

Anónimo dijo...

Muy inspirador, Miguel, como de costumbre.

Shaagar dijo...

Solo puedo añadir lo ya dicho, excelente artículo, inspirador. Gracias Miguel