Lo que permanece

Pensamientos sobre la alegría y el mal


Recordad todos que la existencia es puro gozo;
que todas las penas no son sino sombras;
pasan y desaparecen; pero está lo que permanece.
(Crowley, Liber AL, II, 9)



La risa del malo

Los malos siempre se ríen, parece que se lo pasan bien los malos... ¿Alguien ha visto alguna vez a un diablo serio? Toda la iconografía occidental está llena de amenazas rientes. En la literatura, en el cine, en el cómic, las risotadas de los villanos resuenan como ecos inquietantes que hielan la sangre.

Se ríe todo el tiempo el repulsivo presentador de Historias de la Cripta, mientras se cae a pedazos y nos anuncia con perverso entusiasmo los horrores que vamos a ver. Se ríen el Goblin de Spiderman, que es medio duende medio bufón, y el Mad del Inspector Gadget, del que sólo conocemos sus manos y su risa. Se ríe la niña de El Exorcista en los más sublimes momentos de su exaltación demoníaca. Y sin duda, entre todos los personajes de la ficción contemporánea, el Joker de Batman es un caso antológico de síntesis simbólica entre la risa y el mal: el Joker no sólo se ríe constantemente mientras comete sus crímenes, sino que además actúa él mismo todo el tiempo como un payaso (parece querer a toda costa que los demás también se rían, mientras perecen). Y es que ya ni siquiera puede físicamente parar de reír: la mueca se le ha quedado grabada en la cara. Otro simbolismo profundo: el miedo al payaso, el payaso con colmillos de Stephen King. Parece que entre la lista de cosas que los estadounidenses dicen en las encuestas que les dan más miedo están, en uno de los primeros lugares, los payasos. El que se dedica por profesión a hacer reír, el que tiene pintada la risa en la cara, es al mismo tiempo la más inquietante amenaza. Curioso ¿no?

Los ejemplos de relatos donde la risa y el mal se conjugan son incontables. En El nombre de la rosa, Umberto Eco, que sin duda debe haber reflexionado mucho sobre todo esto, imagina un complot eclesiástico contra la risa, contra las claves de la comedia. La risa: la marca del Tentador. ¿Qué persona honesta, responsable, osaría troncharse en el "Valle de Lágrimas"?

Los buenos no se ríen, los perfiles para la historia son siempre adustos, tensos, preocupados, serios como en un funeral. Si acaso al final, cuando el mal es vencido, se abandonan por un momento a la alegría los héroes de nuestra imaginería mediática. Pero es muy al final, ya casi fuera de foco, en esa parte del cuento en que "fueron felices y comieron perdices" que ya no se nos cuenta.

Y si observamos el lenguaje, vemos lo mismo. La risa es irresponsable. "Serio" es el antónimo de "alegre" y de "banal" al mismo tiempo. "Hay que tomarse en serio este trabajo" dice alguien, e inmediatamente las caras se tensan por responsabilidad. ¿Podría alguien estar "alegre" mientras trabaja "seriamente" en algo? El lenguaje al menos lo vuelve una contradicción, y ya se sabe que el lenguaje moldea sutilmente el pensamiento. Los que creen que su tarea es importante, y por lo tanto según el lenguaje "seria", van por el mundo con cara de dolor de muelas.


El dolor del Cristianismo

Todo el discurso del Cristianismo busca el malestar y el dolor en sus seguidores. Su vida debe desarrollarse en un "Valle de Lágrimas", en todo caso ya "serán recompensados" cuando estén en el hoyo. El buen cristiano es el imitador de la vida de Cristo, y la vida de Cristo es, en su esencia, su agonía y muerte en la cruz. "Vino para morir", dicen los sacerdotes, "para morir por vosotros". La cara de Cristo, el modelo a imitar, es una cara de sufrimiento. Corona de espinas, latigazos, insultos, caídas, abucheos, escupitajos, lanzadas, y la muerte en un instrumento de ejecución romano: no es para tener muy buena cara. "Esa es la cara, cristiano, que debería ser la tuya", dicen los sacerdotes.

Según sus relatos, la vida de Cristo tuvo numerosos episodios. Pero según los sacerdotes sólo son los dolorosos los que hay que imitar. Por ejemplo, cuentan sus evangelios que de niño Cristo era tan listo que dejó mudos de asombro a unos doctores, o que ya más mayorcito se puso a multiplicar pan y pescado, o que decía unas palabras y los muertos se revolvían en sus nichos. Pero los sacerdotes, en su propaganda de la "imitación de Cristo", no dicen: "Estudia mucho, cristiano, y hazte tan erudito que dejes boquiabiertos a todos los sabios", o "Aprende a resucitar muertos" o "a reproducir cosas a partir de la nada". Todas estas "habilidades" de Cristo eran de su naturaleza "divina", la que no hay que imitar. La naturaleza propiamente "humana", la única imitable y obligatoria, son sólo los episodios de dolor, de agonía y de muerte. Aunque ¿no debería ser la imitación de Cristo, cabalmente, un camino a convertirse en un hombre-dios? Pero no esperemos coherencia de los teólogos, y menos si la coherencia implica algún sí a la vida.


La rebelión de la alegría

No hay motivos en el "mundo que nos rodea" para estar alegres, si uno es consciente de la vida que vive en esta sociedad. Quien está alegre se nutre de su propio Universo, con tanta arrogancia que inunda el mundo que le rodea de su propia fuerza y belleza. El rebelde de la alegría se atreve a contraponerse al mundo y a todos los poderes que lo han conformado tal como es. Con su alegría, osa desafiar de entrada a todos los sacerdotes y sus religiones tristes, enfermizas, con sus "recompensas" sólo para cadáveres. Desafía todas las leyes impuestas, incluidas las del lenguaje: es "seriamente" alegre, no es un imbécil babeante que no sabe de qué se ríe. Su alegría es integral, sale de lo más profundo de él como una victoria o como una voluntad de victoria contra la esclavitud de la amargura, de la pena, del mundo impotente del "Valle de Lágrimas". Su risa acalla al rebaño: es esa "risa del malo" de la que hablábamos antes y que tiene la fantástica capacidad de resonar en las paredes.

Con su buen humor, el rebelde demuestra saber volar sobre todas las mezquindades que nuestra forma cristiana de ver la vida coloca constantemente sobre el camino para nuestra desesperación. Sabe "sacudir el ala del atrevimiento ante el atrevimiento del obstáculo", como lo escribía mejor Nicolás Guillén. El héroe de las religiones está serio porque es el gran sufridor, el héroe de la libertad está alegre porque goza de su fuerza y de las posibilidades de placer que le ofrece la vida. El "imitador de Cristo", el Kempis con patas, busca en todos sitios confirmaciones de que la vida no tiene sentido, de que todo es falso y conduce a la nada, de que la muerte es el único regazo acogedor. El "imitador de Cristo" ha aprendido a sufrir, y a sufrir bien, por el pecado original de estar vivo.

Todo espíritu rebelde debe atacar a esa mole de dolor que le han inculcado cuando no podía defenderse bien, cuando era pequeño. Sus pensamientos amargos pueden ser una refinada ambrosía de su creatividad, de su arte natural, y deleitarse hasta la extenuación en la melancolía. Tierne derecho a recorrerse entero, a conocerse entero, a ponerse del revés entero. No estoy hablando de una vida de gags, como en una estúpida comedia americana. Pero si esos pensamientos fríos comienzan a asfixiar, a atormentar, en definitiva a enfermar, entonces ahí hay sin duda un enemigo. Contra este enemigo que nos colocaron dentro —la huella de Cristo, el dios del dolor— el rebelde debe cargar: Una carga total, a campo descubierto, a sable, en la que perecer sí tendría sentido.



© Miguel AlgOl